miércoles, 5 de enero de 2022

JORNADA DE LECTURA CICLO ESCOLAR 2021-2022

 Estas son las fábulas que trabajarán haciéndolas como audio para realizar nuestro Podcast 

FÁBULAS DE ESOPO

1.- EL ÁGUILA, LA LIEBRE Y EL ESCARABAJO

Estaba una liebre siendo perseguida por un águila, y

viéndose perdida pidió ayuda a un escarabajo,

suplicándole que le ayudara.

Le pidió el escarabajo al águila que perdonara a su amiga.

Pero el águila, despreciando la insignificancia del

escarabajo, devoró a la liebre en su presencia.

Desde entonces, buscando vengarse, el escarabajo

observaba los lugares donde el águila ponía sus huevos, y

haciéndolos rodar, los tiraba a tierra. Viéndose el águila

echada del lugar a donde quiera que fuera, recurrió a Zeus

pidiéndole un lugar seguro para depositar sus huevos.

Le ofreció Zeus colocarlos en su regazo, pero el escarabajo,

viendo la táctica escapatoria, hizo una bolita de estiércol,

voló y la dejó caer sobre el regazo de Zeus.

Se levantó entonces Zeus para sacudirse aquella suciedad,

y tiró por tierra los huevos sin darse cuenta. Por eso desde

entonces, las águilas no ponen huevos en la época en que

salen a volar los escarabajos.

Nunca desprecies lo que parece insignificante, pues no

hay ser tan débil que no pueda alcanzarte.

 

2.- LA ZORRA Y EL LEÑADOR

Una zorra estaba siendo perseguida por unos cazadores

cuando llegó al sitio de un leñador y le suplicó que la

escondiera. El hombre le aconsejó que ingresara a su

cabaña.

Casi de inmediato llegaron los cazadores, y le preguntaron

al leñador si había visto a la zorra.

El leñador, con la voz les dijo que no, pero con su mano

disimuladamente señalaba la cabaña donde se había

escondido.

Los cazadores no comprendieron las señas de la mano y se

confiaron únicamente en lo dicho con la palabra.

La zorra al verlos marcharse, salió silenciosa, sin decirle

nada al leñador.

El leñador le reprochó por qué a pesar de haberla salvado,

no le daba las gracias, a lo que la zorra respondió:

—Te hubiera dado las gracias si tus manos y tu boca

hubieran dicho lo mismo.

No niegues con tus actos, lo que pregonas con tus

palabras.

 

3.- LAS RANAS PIDIENDO REY

Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que

vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les

enviara un rey.

Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a

su charca.

Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer,

se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que

el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y

dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan

grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él

y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.

Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un

simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les

cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.

Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua

que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.

A la hora de elegir los gobernantes, es mejor escoger a uno

sencillo y honesto, en vez de a uno muy emprendedor

pero malvado o corrupto.

 

4.- EL LEÓN Y EL MOSQUITO VOLADOR

Un mosquito se acercó a un león y le dijo:

—No te temo, y además, no eres más fuerte que yo. Si

crees lo contrario, demuéstramelo.

¿Qué arañas con tus garras y muerdes con tus dientes?

¡Eso también lo hace una mujer defendiéndose de un

ladrón! Yo soy más fuerte que tú, y si quieres, ahora

mismo te desafío a combate.

Y haciendo sonar su zumbido, cayó el mosquito sobre el

león, picándole repetidamente alrededor de la nariz,

donde no tiene pelo.

El león empezó a arañarse con sus propias garras, hasta

que renunció al combate. El mosquito victorioso hizo

sonar de nuevo su zumbido; y sin darse cuenta, de tanta

alegría, fue a enredarse en una tela de araña. Al tiempo

que era devorado por la araña, se lamentaba que él, que

luchaba contra los más poderosos venciéndolos, fuese a

perecer a manos de un insignificante animal, la araña.

No importa que tan grandes sean los éxitos en tu vida,

cuida siempre que la dicha por haber obtenido uno de

ellos, no lo arruine todo.

 

5.- EL LEÓN ENAMORADO DE LA HIJA DEL LABRADOR

Se había enamorado un león de la hija de un labrador y la

pidió en matrimonio.

Y no podía el labrador decidirse a dar su hija a tan feroz

animal, ni negársela por el temor que le inspiraba.

Entonces ideó lo siguiente: como el león no dejaba de

insistirle, le dijo que le parecía digno para ser esposo de su

hija, pero que al menos debería cumplir con la siguiente

condición: que se arrancara los dientes y se cortara sus

uñas, porque eso era lo que atemorizaba a su hija.

El león aceptó los sacrificios porque en verdad la amaba.

Una vez que el león cumplió lo solicitado, cuando volvió a

presentarse ya sin sus poderes, el labrador lleno de

desprecio por él, lo despidió sin piedad a golpes.

Nunca te fíes demasiado como para despojarte de tus

propias defensas, pues fácilmente serás vencido por los

que antes te respetaban.

 

6.- EL LEÓN Y LA LIEBRE

Sorprendió un león a una liebre que dormía

tranquilamente. Pero cuando estaba a punto de devorarla,

vio pasar a un ciervo. Dejó entonces a la liebre por

perseguir al ciervo.

Despertó la liebre ante los ruidos de la persecución, y no

esperando más, emprendió su huida.

Mientras tanto el león, que no pudo dar alcance al ciervo,

ya cansado, regresó a tomar la liebre y se encontró con que

también había huido para ponerse a salvo.

Entonces se dijo el león:

—Bien me lo merezco, pues teniendo ya una presa en mis

manos la dejé para ir tras la esperanza de obtener una

mayor.

Si tienes en tus manos un pequeño beneficio, cuando

busques uno mayor, no abandones el pequeño que ya

tienes, hasta tanto no tengas realmente en tus manos el

mayor.

 

7.- EL LEÓN Y EL DELFÍN

Paseaba un león por una playa y vio a un delfín asomar su

cabeza fuera del agua.

Le propuso entonces una alianza:

—Nos conviene unirnos a ambos, siendo tú el rey de los

animales del mar y yo el de los terrestres —le dijo.

Aceptó gustoso el delfín. Y el león, quien desde hacía

tiempo se hallaba en guerra contra un loro salvaje, llamó

al delfín a que le ayudara. Intentó el delfín salir del agua,

mas no lo consiguió, por lo que el león lo acusó de traidor.

—¡No soy yo el culpable ni a quien debes acusar, sino a la

Naturaleza —respondió el delfín—, porque ella es quien

me hizo acuático y no me permite pasar a la tierra!

Cuando busques alianzas, fíjate que tus aliados estén en

verdad capacitados de unirte a ti en lo pactado.

 

8.- EL LEÓN, LA ZORRA Y EL LOBO

Cansado y viejo el rey león se quedó enfermo en su cueva,

y los demás animales, excepto la zorra, lo fueron a visitar.

Aprovechando la ocasión de la visita, acusó el lobo a la

zorra expresando lo siguiente:

—Ella no tiene por nuestra alteza ningún respeto, y por

eso ni siquiera se ha acercado a saludar o preguntar por su

salud.

En ese preciso instante llegó la zorra, justo a tiempo para

oír lo dicho por el lobo. Entonces el león, furioso al verla,

lanzó un feroz grito contra la zorra; pero ella, pidió la

palabra para justificarse, y dijo:

—Dime, de entre todas las visitas que aquí tenéis, ¿quién

te ha dado tan especial servicio como el que he hecho yo,

que busqué por todas partes médicos que con su sabiduría

te recetaran un remedio ideal para curarte, encontrándolo

por fin?

—¿Y cuál es ese remedio?, dímelo inmediatamente.

—Ordenó el león.

—Debes sacrificar a un lobo y ponerte su piel como abrigo

—respondió la zorra.

Inmediatamente el lobo fue condenado a muerte, y la

zorra, riéndose exclamó:

—Al patrón no hay que llevarlo hacia el rencor, sino hacia

la benevolencia.

Quien tiende trampas para los inocentes, es el primero en

caer en ellas.

 

9.- EL LEÓN Y EL RATÓN

Dormía tranquilamente un león, cuando un ratón empezó

a juguetear encima de su cuerpo. Despertó el león y

rápidamente atrapó al ratón; y a punto de ser devorado, le

pidió éste que le perdonara, prometiéndole pagarle

cumplidamente llegado el momento oportuno. El león

echó a reír y lo dejó marchar.

Pocos días después unos cazadores apresaron al rey de la

selva y le ataron con una cuerda a un frondoso árbol. Pasó

por ahí el ratoncillo, quien al oír los lamentos del león,

corrió al lugar y royó la cuerda, dejándolo libre.

—Días atrás — le dijo —, te burlaste de mí pensando que

nada podría hacer por ti en agradecimiento. Ahora es

bueno que sepas que los pequeños ratones somos

agradecidos y cumplidos.

Nunca desprecies las promesas de los pequeños honestos.

Cuando llegue el momento las cumplirán.

 

 

10.- EL LEÓN, PROMETEO Y EL ELEFANTE

No dejaba un león de quejarse ante Prometeo diciéndole:

—Tú me hiciste fuerte y hermoso, dotado de mandíbulas

con buenos colmillos y poderosas garras en las patas y soy

el más dominante de los animales. Sin embargo, le tengo

un gran temor al gallo.

—¿Por qué me acusas tan a la ligera? ¿No estás satisfecho

con todas las ventajas físicas que te he dado? Lo que

flaquea es tu espíritu. —Replicó Prometeo.

Siguió el león deplorando su situación, juzgándose de

pusilánime. Decidió entonces poner fin a su vida.

Se encontraba en esta situación cuando llegó el elefante, se

saludaron y comenzaron a charlar. Observó el león que el

elefante movía constantemente sus orejas, por lo que le

preguntó la causa.

—¿Ves ese minúsculo insecto que zumba a mi alrededor?

—respondió el elefante —, pues si logra ingresar dentro

de mi oído, estoy perdido.

Entonces se dijo el león: ¿No sería insensato dejarme

morir, siendo yo mucho más fuerte y poderoso que el

elefante, así como mucho más fuerte y poderoso es el gallo

con el mosquito?

Muchas veces, muy pequeñas molestias nos hacen olvidar

las grandezas que poseemos.

 

11.- EL LEÓN Y EL TORO

Pensando el león como capturar un toro muy corpulento,

decidió utilizar la astucia. Le dijo al toro que había

sacrificado un carnero y que lo invitaba a compartirlo. Su

plan era atacarlo cuando se hubiera echado junto a la

mesa.

Llegó al sitio el toro, pero viendo sólo grandes fuentes y

asadores y ni asomo de carnero, se largó sin decir una

palabra.

Le reclamó el león que por qué se marchaba así, pues nada

le había hecho.

— Sí que hay motivo —respondió el toro—, pues todos los

preparativos que has hecho no son para el cuerpo de un

carnero, sino para el de un toro.

Observa y analiza siempre con cuidado tu alrededor y así

estarás mejor protegido de los peligros.

 

12.- LOS LOBOS RECONCILIÁNDOSE CON LOS PERROS

Llamaron los lobos a los perros y les dijeron:

—Oigan, siendo ustedes y nosotros tan semejantes, ¿por

qué no nos entendemos como hermanos, en vez de

pelearnos? Lo único que tenemos diferente es cómo

vivimos. Nosotros somos libres; en cambio ustedes

sumisos y sometidos en todo a los hombres: aguantan sus

golpes, soportan los collares y les guardan los rebaños.

Cuando sus amos comen, a ustedes sólo les dejan los

huesos. Les proponemos lo siguiente: dennos los rebaños

y los pondremos en común para hartarnos.

Creyeron los perros las palabras de los lobos traicionando

a sus amos, y los lobos, ingresando en los corrales, lo

primero que hicieron fue matar a los perros.

Nunca des la espalda o traiciones a quien verdaderamente

te brinda ayuda y confía en ti.

 

13.- EL LOBO Y EL CORDERO EN EL ARROYO

Miraba un lobo a un cordero que bebía en un arroyo e

imaginó un simple pretexto a fin de devorarlo. Así, aun

estando él más arriba en el curso del arroyo, le acusó de

enturbiarle el agua, impidiéndole beber. Y le respondió el

cordero:

—Pero si sólo bebo con la punta de los labios, y además

estoy más abajo y por eso no te puedo enturbiar el agua

que tienes allá arriba.

Viéndose el lobo descubierto, insistió: — El año pasado

injuriaste a mis padres.

—¡Pero en ese entonces ni siquiera había nacido yo!

—contestó el cordero.

Dijo entonces el lobo:

—Ya veo que te justificas muy bien, mas no por eso te

dejaré ir; serás mi cena.

Para quien hacer el mal es su profesión, de nada valen

argumentos para no hacerlo. No te acerques nunca donde

los malvados.

 

14.- EL LOBO Y EL PASTOR

Acompañaba un lobo a un rebaño de ovejas pero sin

hacerles daño. Al principio el pastor lo observaba y tenía

cuidado de él como un enemigo. Pero como el lobo le

seguía y en ningún momento intentó robo alguno, llegó a

pensar el pastor que más bien tenía un guardián de aliado.

Cierto día, teniendo el pastor necesidad de ir al pueblo,

dejó sus ovejas confiadamente junto al lobo y se marchó.

El lobo, al ver llegado el momento oportuno, se lanzó

sobre el rebaño y devoró casi todo.

Cuando regresó el pastor y vio todo lo sucedido exclamó:

—Bien merecido lo tengo; porque ¿De dónde saqué

confiar las ovejas a un lobo?

Nunca dejes tus valores al alcance de los codiciosos, no

importa su inocente apariencia.

 

15.- EL LOBO HARTO Y LA OVEJA

Un lobo hartado de comida y sin hambre, vio a una oveja

tendida en el suelo. Dándose cuenta que se había

desplomado simplemente de terror, se le acercó, y

tranquilizándola le prometió dejarla ir si le decía tres

verdades.

Le dijo entonces la oveja que la primera es que preferiría

no haberle encontrado; la segunda, que como ya lo

encontró, hubiera querido encontrarlo ciego; y por tercera

verdad le dijo:

—¡Ojalá, todos los lobos malvados murieran de mala

muerte, ya que, sin haber recibido mal alguno de nosotras,

nos dan una guerra cruel!

Reconoció el lobo la realidad de aquellas verdades y dejó

marchar a la oveja.

Camina siempre soportado en la verdad y ella te abrirá los

caminos del éxito, aún entre adversarios.

 

16.- EL LOBO Y EL PERRO DORMIDO

Dormía plácidamente un perro en el portal de una casa.

Un lobo se abalanzó sobre él, dispuesto a darse un

banquete, cuando en eso el perro le rogó que no lo

sacrificara todavía.

—Mírame, ahora estoy en los huesos —le dijo—; espera

un poco de tiempo, ya que mis amos pronto van a celebrar

sus bodas y como yo también me daré mis buenos

atracones, engordaré y de seguro seré un mucho mejor

manjar para tu gusto.

Le creyó el lobo y se marchó. Al cabo de algún tiempo

volvió. Pero esta vez encontró al perro durmiendo en una

pieza elevada de la casa. Se detuvo al frente y le recordó al

perro lo que habían convenido. Entonces el perro repuso:

—¡Ah lobo, si otro día de nuevo me ves dormir en el

portal de la casa, no te preocupes por esperar las bodas!

Si una acción te lleva a caer en un peligro, y luego te

logras salvar de él, recuerda cual fue esa acción y evita

repetirla para no volver a ser su víctima.

 

17.- EL PERRO Y EL COCINERO

Preparó un hombre una cena en honor de uno de sus

amigos y de sus familiares. Y su perro invitó también a

otro perro amigo.

—Ven a cenar a mi casa conmigo —le dijo.

Y llegó el perro invitado lleno de alegría. Se detuvo a

contemplar el gran festín, diciéndose a sí mismo:

—¡Qué suerte tan inesperada! Tendré comida para

hartarme y no pasaré hambre por varios días.

Estando en estos pensamientos, meneaba el rabo como

gran viejo amigo de confianza. Pero al verlo el cocinero

moviéndose alegremente de allá para acá, lo cogió de las

patas y sin pensarlo más, lo arrojó por la ventana.

El perro se volvió lanzando grandes alaridos, y

encontrándose en el camino con otros perros, estos le

preguntaron:

— ¿Cuánto has comido en la fiesta, amigo?

—De tanto beber, —contestó— tanto me he embriagado,

que ya ni siquiera sé por dónde he salido.

No te confíes de la generosidad que otros prodigan con lo

que no les pertenece.

 

18.- EL CIERVO, EL MANANTIAL Y EL LEÓN

Agobiado por la sed, llegó un ciervo a un manantial.

Después de beber, vio su reflejo en el agua. Al contemplar

su hermosa cornamenta, sintióse orgulloso, pero quedó

descontento por sus piernas débiles y finas. Sumido aún

en estos pensamientos, apareció un león que comenzó a

perseguirle. Echó a correr y le ganó una gran distancia,

pues la fuerza de los ciervos está en sus piernas y la del

león en su corazón.

Mientras el campo fue llano, el ciervo guardó la distancia

que le salvaba; pero al entrar en el bosque sus cuernos se

engancharon a las ramas y, no pudiendo escapar, fue

atrapado por el león.

A punto de morir, exclamó para sí mismo:

— ¡Desdichado soy! Mis pies, que pensaba que me

traicionaban, eran los que me salvaban, y mis cuernos, en

los que ponía toda mi confianza, son los que me pierden.

Muchas veces, a quienes creemos más indiferentes, son

quienes nos dan la mano en las congojas, mientras que los

que nos adulan, ni siquiera se asoman.

 

19.- EL CABALLO, EL BUEY, EL PERRO Y EL HOMBRE

Cuando Zeus creó al hombre, le concedió unos pocos años

de vida. Pero el hombre, poniendo a funcionar su

inteligencia, al llegar el invierno edificó una casa y habitó

en ella.

Cierto día en que el frío era muy crudo, y la lluvia

empezó a caer, no pudiendo el caballo aguantarse más,

llegó corriendo a donde el hombre y le pidió que le diera

abrigo. Le dijo el hombre que sólo lo haría con una

condición: que le cediera una parte de los años que le

correspondían. El caballo aceptó.

Poco después se presentó el buey que tampoco podía

sufrir el mal tiempo. Le contestó el hombre lo mismo: que

lo admitiría si le daba cierto número de sus años. El buey

cedió una parte y quedó admitido.

Por fin, llegó el perro, muriéndose de frío, y cediendo una

parte de su tiempo de vida, obtuvo su refugio.

Y he aquí el resultado: cuando los hombres cumplen el

tiempo que Zeus les dio, son puros y buenos; cuando

llegan a los años pedidos al caballo, son intrépidos y

orgullosos; cuando están en los del buey, se dedican a

mandar; y cuando llegan a usar el tiempo del perro, al

final de su existencia, se vuelven irascibles y

malhumorados.

Describe esta fábula las etapas del hombre: inocente niñez,

vigorosa juventud, poderosa madurez y sensible vejez.

 

20.- EL CABALLO Y EL ASNO

Un hombre tenía un caballo y un asno. Un día que ambos

iban camino a la ciudad, el asno, sintiéndose cansado, le

dijo al caballo:

— Toma una parte de mi carga si te interesa mi vida.

El caballo haciéndose el sordo no dijo nada y el asno cayó

víctima de la fatiga y murió allí mismo. Entonces el dueño

echó toda la carga encima del caballo, incluso la piel del

asno.

Y el caballo, suspirando dijo:

—¡Qué mala suerte tengo! ¡Por no haber querido cargar

con un ligero fardo ahora tengo que cargar con todo, y

hasta con la piel del asno encima!

Cada vez que no tiendes tu mano para ayudar a tu

prójimo que honestamente te lo pide, sin que lo notes en

ese momento, en realidad te estás perjudicando a ti

mismo.

 

21.- LAS CABRAS MONTESES Y EL CABRERO

Llevó un cabrero a pastar a sus cabras y de pronto vio que

las acompañaban unas cabras monteses. Llegada la noche,

llevó a todas a su gruta.

A la mañana siguiente estalló una fuerte tormenta y no

pudiendo llevarlas a los pastos, las cuidó dentro.

Pero mientras a sus propias cabras sólo les daba un

puñado de forraje, a las monteses les servía mucho más,

con el propósito de quedarse con ellas. Terminó al fin el

mal tiempo y salieron todas al campo, pero las cabras

monteses escaparon a la montaña. Las acusó el pastor de

ingratas, por abandonarle después de haberlas atendido

tan bien; mas ellas le respondieron:

—Mayor razón para desconfiar de ti, porque si a nosotras

recién llegadas, nos has tratado mejor que a tus viejas y

leales esclavas, significa esto que si luego vinieran otras

cabras, nos despreciarías a nosotras por ellas.

Nunca confíes en quien pretende tu nueva amistad a

cambio de abandonar a las que ya tenía.

 

22.- LA VÍBORA Y LA CULEBRA DE AGUA

Una víbora acostumbraba a beber agua de un manantial, y

una culebra de agua que habitaba en él trataba de

impedirlo, indignada porque la víbora, no contenta de

reinar en su campo, también llegase a molestar su

dominio.

A tanto llegó el enojo que convinieron en librar un

combate: la que consiguiera la victoria entraría en

posesión de todo.

Fijaron el día, y las ranas, que no querían a la culebra,

fueron donde la víbora, excitándola y prometiéndole que

la ayudarían.

Empezó el combate, y las ranas, no pudiendo hacer otra

cosa, sólo lanzaban gritos.

Ganó la víbora y llenó de reproches a las ranas, pues en

vez de ayudarle en la lucha, no habían hecho más que dar

gritos. Respondieron las ranas:

—Pero compañera, nuestra ayuda no está en nuestros

brazos, sino en las voces.

En la lucha diaria tan importante es el estímulo como la

acción.

 

23.- EL RATÓN CAMPESINO Y EL RATÓN CORTESANO

Un ratón campesino tenía por amigo a otro de la corte. Un

día lo invitó a que fuese a comer a la campiña. Mas como

sólo podía ofrecerle trigo y yerbajos, el ratón cortesano le

dijo:

—¿Sabes amigo, que llevas una vida de hormiga? En

cambio yo poseo bienes en abundancia. Ven conmigo y a

tu disposición los tendrás.

Partieron ambos para la corte. Mostró el ratón ciudadano

a su amigo trigo y legumbres, higos y queso, frutas y miel.

Maravillado el ratón campesino, bendecía a su amigo de

todo corazón y renegaba de su mala suerte. Dispuestos ya

a darse un festín, un hombre abrió de pronto la puerta.

Espantados por el ruido los dos ratones se lanzaron

temerosos a los agujeros. Volvieron luego a buscar higos

secos, pero otra persona incursionó en el lugar, y al verla,

los dos amigos se precipitaron nuevamente en una rendija

para esconderse. Entonces el ratón de los campos,

olvidándose de su hambre, suspiró y dijo al ratón

cortesano:

—Adiós amigo, veo que comes hasta hartarte y que estás

muy satisfecho; pero es al precio de mil peligros y

constantes temores. Yo, en cambio, soy un pobrete y vivo

mordisqueando la cebada y el trigo, mas sin congojas ni

temores hacia nadie.

Es tu decisión escoger el disponer de ciertos lujos y

ventajas que siempre van unidos a congojas y zozobras, o

vivir un poco más austeramente pero con más serenidad.

 

24.- EL ASNO Y LA PERRITA FALDERA

Un granjero fue un día a sus establos a revisar sus bestias

de carga: entre ellas se encontraba su asno favorito, el cual

siempre estaba bien alimentado y era quien cargaba a su

amo.

Junto con el granjero venía también su perrita faldera, la

cual bailaba a su alrededor, lamía su mano y saltaba

alegremente lo mejor que podía. El granjero revisó su

bolso y dio a su perrita un delicioso bocado, y se sentó a

dar órdenes a sus empleados. La perrita entonces saltó al

regazo de su amo y se quedó ahí, parpadeando sus ojos

mientras el amo le acariciaba sus orejas.

El asno celoso de ver aquello, se soltó de su jáquima y

comenzó a pararse en dos patas tratando de imitar el baile

de la perrita. El amo no podía aguantar la risa, y el asno

arrimándose a él, puso sus patas sobre los hombros del

granjero intentando subirse a su regazo.

Los empleados del granjero corrieron inmediata—mente

con palos y horcas, enseñándole al asno que las toscas

actuaciones no son cosa de broma.

No nos dejemos llevar del mal consejo que siempre dan

los injustificados celos. Sepamos apreciar los valores de

los demás.

 

25.- LAS LIEBRES Y LAS RANAS

Se reunieron un día las liebres y se lamentaban entre sí de

llevar una vida tan precaria y temerosa, pues, en efecto,

¿No eran víctimas de los hombres, de los perros, de las

águilas, y otros muchos animales? ¡Más valía morir de una

vez que vivir en el terror!

Tomada esta resolución, se lanzaron todas al mismo

tiempo a un estanque para morir en él ahogadas.

Pero las ranas, que estaban sentadas alrededor del

estanque, en cuanto oyeron el ruido de su carrera, saltaron

asustadas al agua. Entonces una de las liebres, la que

parecía más inteligente que las demás, dijo:

—¡Alto compañeras! ¡No hay que apurarse tanto, pues ya

veis que aún hay otros más miedosos que nosotras!

El consuelo de los desgraciados es encontrar y ver a otros

en peores condiciones.


domingo, 10 de enero de 2021

LECTURA 4 (Segunda Jornada)

Debes entrar al enlace de la  página que estará a continuación y buscar el CUENTO DEL CONDE LUCANOR que se te asignó.





LECTURA 3 (Segunda Jornada)

 ES QUE SOMOS MUY POBRES

Juan Rulfo

 

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llover como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le regaló para el día de su santo se la había llevado el río

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.

A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.

No acabo de saber por qué se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este, cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo más seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le abría la puerta del corral porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.

Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramó pidiendo que le ayudaran. Bramó como sólo Dios sabe cómo.

Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también al becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.

Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Si así fue, que Dios los ampare a los dos.

La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana, ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera un capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas, las más grandes.

Según mi papá, ellas se habían echado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se lo esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.

Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para dónde; pero andan de pirujas.

Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quién se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.

La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue, mi hermana Tacha está tantito así de retirado de hacerse piruja. Y mamá no quiere.

Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie. Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vueltas a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de nacerle una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: “Que Dios las ampare a las dos.”

Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí, la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.

-Sí -dice-, le llenará los ojos a cualquiera dondequiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.

Ésa es la mortificación de mi papá.

Y Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.