martes, 3 de noviembre de 2020

LECTURA 4

 

A MARGARITA DEBAYLE

Rubén Darío

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar:

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento

* * *

Este era un rey que tenía

un palacio de diamantes,

una tienda hecha de día

y un rebaño de elefantes.

 

Un kiosco de malaquita,

un gran manto de tisú,

y una gentil princesita,

tan bonita,

Margarita,

tan bonita, como tú.

 

Una tarde, la princesa

vio una estrella aparecer;

la princesa era traviesa

y la quiso ir a tomar.

La quería para hacerla

                                                                               decorar un prendedor,

con un verso y una perla

y una pluma y una flor.

 

Las princesas primorosas

se parecen mucho a ti:

Cortan lirios, cortan rosas,

cortan astros. Son así.

 

Pues se fue la niña bella,

bajo el cielo y sobre el mar,

a cortar la blanca estrella

que la hacía suspirar.

 

Y siguió camino arriba,

por la luna y más allá;

más lo malo es que ella iba

sin permiso del papá.

 

Cuando estuvo ya de vuelta

de los parques del Señor,

se miraba toda envuelta

en un dulce resplandor.

 

Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?

Te he buscado y no te hallé;

y ¿qué tienes en el pecho

que encendido se te ve?”

 

La princesa no mentía.

Y así, dijo la verdad:

“Fui a cortar la estrella mía

a la azul inmensidad”.

 

Y el rey clama: “¿No te he dicho

que el azul no hay que tocar?

¡Qué locura! ¡Qué capricho!

El Señor se va a enojar”.

 

Y ella dice: “No hubo intento;

yo me fui no sé por qué;

por las olas y en el viento

fui a la estrella y la corté”.

 

Y el papá dice enojado:

“Un castigo has de tener:

Vuelve al cielo y lo robado

vas ahora a devolver”.

 

La princesa se entristece

por su dulce flor de luz,

cuando entonces aparece

sonriendo el Buen Jesús.

 

Y así dice: “En mis campiñas

esa rosa yo ofrecí

a las dulces lindas niñas

que al soñar piensan en mí”.

 

Viste el rey ropas brillantes,

y luego hace desfilar

cuatrocientos elefantes

a la orilla de la mar.

 

La princesita está bella,

pues ya tiene el prendedor

en que lucen, con la estrella,

verso, perla, pluma y flor.

* * *

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento.

 

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda, niña, un gentil pensamiento

al que un día te quiso contar

un cuento.

* * * * * * * * *

LECTURA 3

 

EL PICAPEDRERO

Anónimo (Cuento tradicional chino)

Había una vez un hombre que trabajaba como picapedrero. Cada día iba a una vasta zona rocosa en la ladera de una gran montaña y cortaba trozos de piedra para fabricar tumbas o casas. Conocía bien los distintos tipos de piedras y sabía distinguir las que servían para cada diferente propósito. Como era trabajador y cuidadoso, tenía muchos clientes.

Durante mucho tiempo se sintió conforme y feliz y no pretendía otra cosa distinta a la que tenía.

En la montaña vivía un espíritu que de tanto en tanto se les aparecía a los hombres y de diversas maneras los ayudaba a enriquecerse y prosperar. El picapedrero nunca lo había visto y cuando alguien le hablaba del espíritu, sacudía la cabeza con aire de incredulidad. No obstante, llegaría un momento en que cambiaría de opinión.

Cierto día un hombre rico le encargó una piedra específica. Cuando fue a entregarla a la casa de ese hombre, vio allí todo tipo de objetos bellos. Vio cosas que jamás había soñado que existieran. Y desde ese momento, su tarea cotidiana comenzó a transformarse en una pesada carga.

Un día, mientras picaba la dura piedra de la montaña, pensó: “Oh, si tan sólo fuera un hombre rico y pudiera dormir en una cama acolchonada con sábanas de seda, ¡qué feliz sería!”.

Al instante escuchó una voz que le decía: “Tu deseo ha sido escuchado, ¡un hombre rico serás!”. Miró a su alrededor, pero no había nadie, así que pensó que había sido una fantasía y recogió sus herramientas para regresar a casa, ya que no se sentía inclinado a seguir trabajando ese día. Pero al acercarse a su casa se detuvo asombrado porque, en lugar de la humilde cabaña de madera donde solía pasar sus solitarios días, se erguía un bello palacio amoblado espléndidamente.

Sin embargo, al cabo de un tiempo se acostumbró a la nueva vida y olvidó por completo su antigua condición. Había comenzado el verano y cada día el sol ardía con mayor potencia. Una mañana el calor era tan agobiante que casi no se podía respirar.

El hombre estaba muy aburrido porque nunca había aprendido a entretenerse. Se sentó junto a la ventana para ver qué sucedía en la calle y vio pasar un carruaje conducido por hombres en uniforme azul y dorado. En el carruaje iba un príncipe y un siervo sostenía sobre su cabeza una sombrilla dorada que lo protegía de los rayos del sol.

“¡Oh, si yo fuera un príncipe!”, pensó el picapedrero mientras el carruaje desaparecía en la distancia. “¡Oh, si tan sólo fuera un príncipe y pudiera andar en un carruaje protegido de los rayos del sol por una sombrilla dorada, ¡qué feliz sería!”. Y el espíritu de la montaña respondió: “Tu deseo ha sido escuchado, príncipe serás”.

Y al momento era un príncipe. Y estaba en un carruaje conducido por hombres con uniformes violeta y dorado. La envidiada sombrilla dorada era sostenida sobre su cabeza por un siervo también uniformado. Todo lo que su corazón había ansiado era suyo.

Sin embargo, no fue suficiente. Un día vio que el agua que volcaba sobre el pasto se evaporaba al instante bajo los ardientes rayos del Sol y que a pesar de la sombrilla dorada su rostro se tostaba cada día más. Entonces, gritó enojado: “El Sol es más poderoso que yo; ¡oh, si tan sólo yo fuera el Sol!”. Y el espíritu de la montaña respondió: “Tu deseo ha sido escuchado, Sol serás”.

Y era Sol, y se sintió orgulloso de su poder. Arrojaba su ardor en todas las direcciones como rayos, quemaba la vegetación de los campos y tostaba los rostros de príncipes y trabajadores por igual. Pero al poco tiempo comenzó a cansarse de su poder, porque no había nada nuevo para hacer. El descontento volvió a ensombrecer su corazón y cuando una nube cubrió su rostro impidiéndole ver más allá de sus narices gritó enojado: “¿Es que una nube puede anular el poder de mi ardor? ¡Una nube es más poderosa que yo! ¡Ojalá fuera yo nube, la más poderosa de todas las nubes!”. Y el espíritu de la montaña respondió: “Tu deseo ha sido escuchado, nube serás”.

Y nube fue, entre el Sol y la Tierra y así ocultó los rayos del sol, y la vegetación volvió a verdecer y floreció. Durante días dejó caer agua sobre la tierra hasta que los ríos desbordaron y las plantaciones se inundaron. Pueblos enteros fueron destruidos por las tormentas y arrasados por el agua. Sólo la gran roca en la ladera de la montaña permanecía intacta. La nube quedó asombrada por la majestad de la roca y exclamó: “¿Será la roca más poderosa que yo? ¡Si tan sólo yo fuera roca, qué fuerte sería!”. Y el espíritu de la montaña respondió: “Tu deseo ha sido escuchado, roca serás”.

Y roca fue y se enorgulleció de su poder. Ni el calor del sol ni la fuerza de la lluvia podían conmoverla. “Esto es lo mejor del mundo”, pensó.

Pero un día oyó un ruido extraño y cuando se asomó para ver de dónde provenía vio a sus pies a un picapedrero empuñando afiladas herramientas. Un temblor recorrió todo su cuerpo y un gran bloque se desprendió de él y cayó al suelo. Entonces gritó enardecido: “¿Una despreciable criatura de la tierra es más poderosa que una roca? ¡Oh, si tan sólo yo fuera un hombre!”. Y el espíritu de la montaña respondió: “Tu deseo ha sido escuchado, un hombre nuevamente serás”.

Y un hombre fue, un picapedrero. Y con el sudor de su frente nuevamente realizó las tareas cotidianas. Su cama era dura y el alimento escaso, pero había aprendido a quedar satisfecho, a no desear ser otro que el que era y a no desear otra cosa que la que tenía. Y como no deseaba lo que no poseía ni quería ser más poderoso de lo que era, finalmente fue feliz, y nunca volvió a escuchar la voz del espíritu de la montaña.

LECTURA 2

 

LA CAMISA DEL HOMBRE FELIZ

León Tolstoi

En las lejanas tierras del norte, hace mucho tiempo, vivió un zar que enfermó gravemente. Reunió a los mejores médicos de todo el imperio, que le aplicaron todos los remedios que conocían y otros nuevos que inventaron sobre la marcha, pero lejos de mejorar, el estado del zar parecía cada vez peor. Le hicieron tomar baños calientes y fríos, ingirió jarabes de eucalipto, menta y plantas exóticas traídas en caravanas de lejanos países.

Le aplicaron ungüentos y bálsamos con los ingredientes más insólitos, pero la salud del zar no mejoraba. Tan desesperado estaba el hombre que prometió la mitad de lo que poseía a quien fuera capaz de curarle.

El anuncio se propagó rápidamente, pues las pertenencias del gobernante eran cuantiosas, y llegaron médicos, magos y curanderos de todas partes del globo para intentar devolver la salud al zar. Sin embargo, fue un trovador quien pronunció:

—Yo sé el remedio: la única medicina para vuestros males, Señor. Sólo hay que buscar a un hombre feliz: vestir su camisa es la cura a vuestra enfermedad.

Partieron emisarios del zar hacia todos los confines de la tierra, pero encontrar a un hombre feliz no era tarea fácil: aquel que tenía salud echaba en falta el dinero, quien lo poseía, carecía de amor, y quien lo tenía se quejaba de los hijos.

Sin embargo, una tarde, los soldados del zar pasaron junto a una pequeña choza en la que un hombre descansaba sentado junto a la lumbre de la chimenea:

—¡Qué bella es la vida! Con el trabajo realizado, una salud de hierro y afectuosos amigos y familiares ¿qué más podría pedir?

Al enterarse en palacio de que, por fin, habían encontrado un hombre feliz, se extendió la alegría. El hijo mayor del zar ordenó inmediatamente:

—Traed prestamente la camisa de ese hombre. ¡Ofrecedle a cambio lo que pida!

En medio de una gran algarabía, comenzaron los preparativos para celebrar la inminente recuperación del gobernante.

Grande era la impaciencia de la gente por ver volver a los emisarios con la camisa que curaría a su gobernante, mas, cuando por fin llegaron, traían las manos vacías:

—¿Dónde está la camisa del hombre feliz? ¡Es necesario que la vista mi padre!

—Señor -contestaron apenados los mensajeros-, el hombre feliz no tiene camisa.

 FIN

lunes, 2 de noviembre de 2020

PROYECTO DE LECTURA

LECTURA Y GRABACIÓN DE LAS FÁBULAS DE ESOPO

 (Sólo audio)

1.- EL ÁGUILA, LA LIEBRE Y EL ESCARABAJO

Estaba una liebre siendo perseguida por un águila, y

viéndose perdida pidió ayuda a un escarabajo,

suplicándole que le ayudara.

Le pidió el escarabajo al águila que perdonara a su amiga.

Pero el águila, despreciando la insignificancia del

escarabajo, devoró a la liebre en su presencia.

Desde entonces, buscando vengarse, el escarabajo

observaba los lugares donde el águila ponía sus huevos, y

haciéndolos rodar, los tiraba a tierra. Viéndose el águila

echada del lugar a donde quiera que fuera, recurrió a Zeus

pidiéndole un lugar seguro para depositar sus huevos.

Le ofreció Zeus colocarlos en su regazo, pero el escarabajo,

viendo la táctica escapatoria, hizo una bolita de estiércol,

voló y la dejó caer sobre el regazo de Zeus.

Se levantó entonces Zeus para sacudirse aquella suciedad,

y tiró por tierra los huevos sin darse cuenta. Por eso desde

entonces, las águilas no ponen huevos en la época en que

salen a volar los escarabajos.

Nunca desprecies lo que parece insignificante, pues no

hay ser tan débil que no pueda alcanzarte.

 

2.- LA ZORRA Y EL LEÑADOR

Una zorra estaba siendo perseguida por unos cazadores

cuando llegó al sitio de un leñador y le suplicó que la

escondiera. El hombre le aconsejó que ingresara a su

cabaña.

Casi de inmediato llegaron los cazadores, y le preguntaron

al leñador si había visto a la zorra.

El leñador, con la voz les dijo que no, pero con su mano

disimuladamente señalaba la cabaña donde se había

escondido.

Los cazadores no comprendieron las señas de la mano y se

confiaron únicamente en lo dicho con la palabra.

La zorra al verlos marcharse, salió silenciosa, sin decirle

nada al leñador.

El leñador le reprochó por qué a pesar de haberla salvado,

no le daba las gracias, a lo que la zorra respondió:

—Te hubiera dado las gracias si tus manos y tu boca

hubieran dicho lo mismo.

No niegues con tus actos, lo que pregonas con tus

palabras.

 

3.- LAS RANAS PIDIENDO REY

Cansadas las ranas del propio desorden y anarquía en que

vivían, mandaron una delegación a Zeus para que les

enviara un rey.

Zeus, atendiendo su petición, les envió un grueso leño a

su charca.

Espantadas las ranas por el ruido que hizo el leño al caer,

se escondieron donde mejor pudieron. Por fin, viendo que

el leño no se movía más, fueron saliendo a la superficie y

dada la quietud que predominaba, empezaron a sentir tan

grande desprecio por el nuevo rey, que brincaban sobre él

y se le sentaban encima, burlándose sin descanso.

Y así, sintiéndose humilladas por tener de monarca a un

simple madero, volvieron donde Zeus, pidiéndole que les

cambiara al rey, pues éste era demasiado tranquilo.

Indignado Zeus, les mandó una activa serpiente de agua

que, una a una, las atrapó y devoró a todas sin compasión.

A la hora de elegir los gobernantes, es mejor escoger a uno

sencillo y honesto, en vez de a uno muy emprendedor

pero malvado o corrupto.

 

4.- EL LEÓN Y EL MOSQUITO VOLADOR

Un mosquito se acercó a un león y le dijo:

—No te temo, y además, no eres más fuerte que yo. Si

crees lo contrario, demuéstramelo.

¿Qué arañas con tus garras y muerdes con tus dientes?

¡Eso también lo hace una mujer defendiéndose de un

ladrón! Yo soy más fuerte que tú, y si quieres, ahora

mismo te desafío a combate.

Y haciendo sonar su zumbido, cayó el mosquito sobre el

león, picándole repetidamente alrededor de la nariz,

donde no tiene pelo.

El león empezó a arañarse con sus propias garras, hasta

que renunció al combate. El mosquito victorioso hizo

sonar de nuevo su zumbido; y sin darse cuenta, de tanta

alegría, fue a enredarse en una tela de araña. Al tiempo

que era devorado por la araña, se lamentaba que él, que

luchaba contra los más poderosos venciéndolos, fuese a

perecer a manos de un insignificante animal, la araña.

No importa que tan grandes sean los éxitos en tu vida,

cuida siempre que la dicha por haber obtenido uno de

ellos, no lo arruine todo.

 

5.- EL LEÓN ENAMORADO DE LA HIJA DEL LABRADOR

Se había enamorado un león de la hija de un labrador y la

pidió en matrimonio.

Y no podía el labrador decidirse a dar su hija a tan feroz

animal, ni negársela por el temor que le inspiraba.

Entonces ideó lo siguiente: como el león no dejaba de

insistirle, le dijo que le parecía digno para ser esposo de su

hija, pero que al menos debería cumplir con la siguiente

condición: que se arrancara los dientes y se cortara sus

uñas, porque eso era lo que atemorizaba a su hija.

El león aceptó los sacrificios porque en verdad la amaba.

Una vez que el león cumplió lo solicitado, cuando volvió a

presentarse ya sin sus poderes, el labrador lleno de

desprecio por él, lo despidió sin piedad a golpes.

Nunca te fíes demasiado como para despojarte de tus

propias defensas, pues fácilmente serás vencido por los

que antes te respetaban.

 

6.- EL LEÓN Y LA LIEBRE

Sorprendió un león a una liebre que dormía

tranquilamente. Pero cuando estaba a punto de devorarla,

vio pasar a un ciervo. Dejó entonces a la liebre por

perseguir al ciervo.

Despertó la liebre ante los ruidos de la persecución, y no

esperando más, emprendió su huida.

Mientras tanto el león, que no pudo dar alcance al ciervo,

ya cansado, regresó a tomar la liebre y se encontró con que

también había huido para ponerse a salvo.

Entonces se dijo el león:

—Bien me lo merezco, pues teniendo ya una presa en mis

manos la dejé para ir tras la esperanza de obtener una

mayor.

Si tienes en tus manos un pequeño beneficio, cuando

busques uno mayor, no abandones el pequeño que ya

tienes, hasta tanto no tengas realmente en tus manos el

mayor.

 

7.- EL LEÓN Y EL DELFÍN

Paseaba un león por una playa y vio a un delfín asomar su

cabeza fuera del agua.

Le propuso entonces una alianza:

—Nos conviene unirnos a ambos, siendo tú el rey de los

animales del mar y yo el de los terrestres —le dijo.

Aceptó gustoso el delfín. Y el león, quien desde hacía

tiempo se hallaba en guerra contra un loro salvaje, llamó

al delfín a que le ayudara. Intentó el delfín salir del agua,

mas no lo consiguió, por lo que el león lo acusó de traidor.

—¡No soy yo el culpable ni a quien debes acusar, sino a la

Naturaleza —respondió el delfín—, porque ella es quien

me hizo acuático y no me permite pasar a la tierra!

Cuando busques alianzas, fíjate que tus aliados estén en

verdad capacitados de unirte a ti en lo pactado.

 

8.- EL LEÓN, LA ZORRA Y EL LOBO

Cansado y viejo el rey león se quedó enfermo en su cueva,

y los demás animales, excepto la zorra, lo fueron a visitar.

Aprovechando la ocasión de la visita, acusó el lobo a la

zorra expresando lo siguiente:

—Ella no tiene por nuestra alteza ningún respeto, y por

eso ni siquiera se ha acercado a saludar o preguntar por su

salud.

En ese preciso instante llegó la zorra, justo a tiempo para

oír lo dicho por el lobo. Entonces el león, furioso al verla,

lanzó un feroz grito contra la zorra; pero ella, pidió la

palabra para justificarse, y dijo:

—Dime, de entre todas las visitas que aquí tenéis, ¿quién

te ha dado tan especial servicio como el que he hecho yo,

que busqué por todas partes médicos que con su sabiduría

te recetaran un remedio ideal para curarte, encontrándolo

por fin?

—¿Y cuál es ese remedio?, dímelo inmediatamente.

—Ordenó el león.

—Debes sacrificar a un lobo y ponerte su piel como abrigo

—respondió la zorra.

Inmediatamente el lobo fue condenado a muerte, y la

zorra, riéndose exclamó:

—Al patrón no hay que llevarlo hacia el rencor, sino hacia

la benevolencia.

Quien tiende trampas para los inocentes, es el primero en

caer en ellas.

 

9.- EL LEÓN Y EL RATÓN

Dormía tranquilamente un león, cuando un ratón empezó

a juguetear encima de su cuerpo. Despertó el león y

rápidamente atrapó al ratón; y a punto de ser devorado, le

pidió éste que le perdonara, prometiéndole pagarle

cumplidamente llegado el momento oportuno. El león

echó a reír y lo dejó marchar.

Pocos días después unos cazadores apresaron al rey de la

selva y le ataron con una cuerda a un frondoso árbol. Pasó

por ahí el ratoncillo, quien al oír los lamentos del león,

corrió al lugar y royó la cuerda, dejándolo libre.

—Días atrás — le dijo —, te burlaste de mí pensando que

nada podría hacer por ti en agradecimiento. Ahora es

bueno que sepas que los pequeños ratones somos

agradecidos y cumplidos.

Nunca desprecies las promesas de los pequeños honestos.

Cuando llegue el momento las cumplirán.

 

 

10.- EL LEÓN, PROMETEO Y EL ELEFANTE

No dejaba un león de quejarse ante Prometeo diciéndole:

—Tú me hiciste fuerte y hermoso, dotado de mandíbulas

con buenos colmillos y poderosas garras en las patas y soy

el más dominante de los animales. Sin embargo, le tengo

un gran temor al gallo.

—¿Por qué me acusas tan a la ligera? ¿No estás satisfecho

con todas las ventajas físicas que te he dado? Lo que

flaquea es tu espíritu. —Replicó Prometeo.

Siguió el león deplorando su situación, juzgándose de

pusilánime. Decidió entonces poner fin a su vida.

Se encontraba en esta situación cuando llegó el elefante, se

saludaron y comenzaron a charlar. Observó el león que el

elefante movía constantemente sus orejas, por lo que le

preguntó la causa.

—¿Ves ese minúsculo insecto que zumba a mi alrededor?

—respondió el elefante —, pues si logra ingresar dentro

de mi oído, estoy perdido.

Entonces se dijo el león: ¿No sería insensato dejarme

morir, siendo yo mucho más fuerte y poderoso que el

elefante, así como mucho más fuerte y poderoso es el gallo

con el mosquito?

Muchas veces, muy pequeñas molestias nos hacen olvidar

las grandezas que poseemos.

 

11.- EL LEÓN Y EL TORO

Pensando el león como capturar un toro muy corpulento,

decidió utilizar la astucia. Le dijo al toro que había

sacrificado un carnero y que lo invitaba a compartirlo. Su

plan era atacarlo cuando se hubiera echado junto a la

mesa.

Llegó al sitio el toro, pero viendo sólo grandes fuentes y

asadores y ni asomo de carnero, se largó sin decir una

palabra.

Le reclamó el león que por qué se marchaba así, pues nada

le había hecho.

— Sí que hay motivo —respondió el toro—, pues todos los

preparativos que has hecho no son para el cuerpo de un

carnero, sino para el de un toro.

Observa y analiza siempre con cuidado tu alrededor y así

estarás mejor protegido de los peligros.

 

12.- LOS LOBOS RECONCILIÁNDOSE CON LOS PERROS

Llamaron los lobos a los perros y les dijeron:

—Oigan, siendo ustedes y nosotros tan semejantes, ¿por

qué no nos entendemos como hermanos, en vez de

pelearnos? Lo único que tenemos diferente es cómo

vivimos. Nosotros somos libres; en cambio ustedes

sumisos y sometidos en todo a los hombres: aguantan sus

golpes, soportan los collares y les guardan los rebaños.

Cuando sus amos comen, a ustedes sólo les dejan los

huesos. Les proponemos lo siguiente: dennos los rebaños

y los pondremos en común para hartarnos.

Creyeron los perros las palabras de los lobos traicionando

a sus amos, y los lobos, ingresando en los corrales, lo

primero que hicieron fue matar a los perros.

Nunca des la espalda o traiciones a quien verdaderamente

te brinda ayuda y confía en ti.

 

13.- EL LOBO Y EL CORDERO EN EL ARROYO

Miraba un lobo a un cordero que bebía en un arroyo e

imaginó un simple pretexto a fin de devorarlo. Así, aun

estando él más arriba en el curso del arroyo, le acusó de

enturbiarle el agua, impidiéndole beber. Y le respondió el

cordero:

—Pero si sólo bebo con la punta de los labios, y además

estoy más abajo y por eso no te puedo enturbiar el agua

que tienes allá arriba.

Viéndose el lobo descubierto, insistió: — El año pasado

injuriaste a mis padres.

—¡Pero en ese entonces ni siquiera había nacido yo!

—contestó el cordero.

Dijo entonces el lobo:

—Ya veo que te justificas muy bien, mas no por eso te

dejaré ir; serás mi cena.

Para quien hacer el mal es su profesión, de nada valen

argumentos para no hacerlo. No te acerques nunca donde

los malvados.

 

14.- EL LOBO Y EL PASTOR

Acompañaba un lobo a un rebaño de ovejas pero sin

hacerles daño. Al principio el pastor lo observaba y tenía

cuidado de él como un enemigo. Pero como el lobo le

seguía y en ningún momento intentó robo alguno, llegó a

pensar el pastor que más bien tenía un guardián de aliado.

Cierto día, teniendo el pastor necesidad de ir al pueblo,

dejó sus ovejas confiadamente junto al lobo y se marchó.

El lobo, al ver llegado el momento oportuno, se lanzó

sobre el rebaño y devoró casi todo.

Cuando regresó el pastor y vio todo lo sucedido exclamó:

—Bien merecido lo tengo; porque ¿De dónde saqué

confiar las ovejas a un lobo?

Nunca dejes tus valores al alcance de los codiciosos, no

importa su inocente apariencia.

 

15.- EL LOBO HARTO Y LA OVEJA

Un lobo hartado de comida y sin hambre, vio a una oveja

tendida en el suelo. Dándose cuenta que se había

desplomado simplemente de terror, se le acercó, y

tranquilizándola le prometió dejarla ir si le decía tres

verdades.

Le dijo entonces la oveja que la primera es que preferiría

no haberle encontrado; la segunda, que como ya lo

encontró, hubiera querido encontrarlo ciego; y por tercera

verdad le dijo:

—¡Ojalá, todos los lobos malvados murieran de mala

muerte, ya que, sin haber recibido mal alguno de nosotras,

nos dan una guerra cruel!

Reconoció el lobo la realidad de aquellas verdades y dejó

marchar a la oveja.

Camina siempre soportado en la verdad y ella te abrirá los

caminos del éxito, aún entre adversarios.

 

16.- EL LOBO Y EL PERRO DORMIDO

Dormía plácidamente un perro en el portal de una casa.

Un lobo se abalanzó sobre él, dispuesto a darse un

banquete, cuando en eso el perro le rogó que no lo

sacrificara todavía.

—Mírame, ahora estoy en los huesos —le dijo—; espera

un poco de tiempo, ya que mis amos pronto van a celebrar

sus bodas y como yo también me daré mis buenos

atracones, engordaré y de seguro seré un mucho mejor

manjar para tu gusto.

Le creyó el lobo y se marchó. Al cabo de algún tiempo

volvió. Pero esta vez encontró al perro durmiendo en una

pieza elevada de la casa. Se detuvo al frente y le recordó al

perro lo que habían convenido. Entonces el perro repuso:

—¡Ah lobo, si otro día de nuevo me ves dormir en el

portal de la casa, no te preocupes por esperar las bodas!

Si una acción te lleva a caer en un peligro, y luego te

logras salvar de él, recuerda cual fue esa acción y evita

repetirla para no volver a ser su víctima.

 

17.- EL PERRO Y EL COCINERO

Preparó un hombre una cena en honor de uno de sus

amigos y de sus familiares. Y su perro invitó también a

otro perro amigo.

—Ven a cenar a mi casa conmigo —le dijo.

Y llegó el perro invitado lleno de alegría. Se detuvo a

contemplar el gran festín, diciéndose a sí mismo:

—¡Qué suerte tan inesperada! Tendré comida para

hartarme y no pasaré hambre por varios días.

Estando en estos pensamientos, meneaba el rabo como

gran viejo amigo de confianza. Pero al verlo el cocinero

moviéndose alegremente de allá para acá, lo cogió de las

patas y sin pensarlo más, lo arrojó por la ventana.

El perro se volvió lanzando grandes alaridos, y

encontrándose en el camino con otros perros, estos le

preguntaron:

— ¿Cuánto has comido en la fiesta, amigo?

—De tanto beber, —contestó— tanto me he embriagado,

que ya ni siquiera sé por dónde he salido.

No te confíes de la generosidad que otros prodigan con lo

que no les pertenece.

 

18.- EL CIERVO, EL MANANTIAL Y EL LEÓN

Agobiado por la sed, llegó un ciervo a un manantial.

Después de beber, vio su reflejo en el agua. Al contemplar

su hermosa cornamenta, sintióse orgulloso, pero quedó

descontento por sus piernas débiles y finas. Sumido aún

en estos pensamientos, apareció un león que comenzó a

perseguirle. Echó a correr y le ganó una gran distancia,

pues la fuerza de los ciervos está en sus piernas y la del

león en su corazón.

Mientras el campo fue llano, el ciervo guardó la distancia

que le salvaba; pero al entrar en el bosque sus cuernos se

engancharon a las ramas y, no pudiendo escapar, fue

atrapado por el león.

A punto de morir, exclamó para sí mismo:

— ¡Desdichado soy! Mis pies, que pensaba que me

traicionaban, eran los que me salvaban, y mis cuernos, en

los que ponía toda mi confianza, son los que me pierden.

Muchas veces, a quienes creemos más indiferentes, son

quienes nos dan la mano en las congojas, mientras que los

que nos adulan, ni siquiera se asoman.