domingo, 11 de octubre de 2020

LEYENDAS

LEYENDAS DE MÉXICO

Aquí encuentras la leyenda que te fue asignada.

Calle de la amargura

Antes de que ocurriera el fundamental suceso histórico para nuestra patria, la Calle Revolución era conocida como la de La Amargura. El nombre se debe a un relato acerca de que allí vivía una enamorada joven, cuyo novio correspondía a sus amorosos sentimientos. Los parientes de los antiguos vecinos recuerdan hoy que, en sus encuentros, la pareja permanecía siempre tomada de la mano, mirándose a los ojos y prometiéndose eterna compañía.

Por las mañanas, el muchacho acostumbraba a saludar a su prometida primero y después se iba al trabajo.

Mientras tanto, ella se quedaba en su casa, ayudando a la madre en quehaceres domésticos y preparándose para el matrimonio. En la tarde, él regresaba a visitarla; así, pasaron el noviazgo felices y tranquilos durante muchos meses.

Una mañana, el joven llegó muy angustiado a la casa de su novia y le comunicó que tenía que incorporarse a las filas de la Revolución, jurándole volver lo más pronto para casarse. Pero el enamorado nunca retornó. El tiempo pasó y la muchacha perdió la esperanza de verlo otra vez.

Fue inútil el esfuerzo que realizó su familia para sacarla de la profunda tristeza en la que se hallaba. Ella comenzó a hacer cosas extrañas; entre sus rarezas, recorría la calle entera con un ramo de jazmines en la mano, preguntando llorosa a las personas, que encontraba, por su prometido, nadie le contestaba; sin embargo, la novia continuó hasta la muerte interrogando sobre el paradero de quien llamaba su “futuro esposo”.

Xalapa se habituó a la figura acongojada de esta mujer, quien envejeció prematuramente en la calle de la Amargura.

El Callejón de Jesús te ampare

Este callejón en la actualidad se llama Cuauhtémoc, pero su antiguo nombre proviene de una leyenda de la época colonial, cuando Xalapa era Villa:

Había llegado una familia de España con una joven de 17 años. Se trataba de una bella muchacha, que se puso de novia con un estudiante xalapeño. El prometido, un año mayor que ella, tenía permiso de los padres para visitarla formalmente. Cada noche, Cosme de Taboada iba a verla, y a platicarle a través de las rejas del balcón, y hasta ya muy tarde, la amorosa conversación de la pareja se prolongaba.

Un día nublado y de incesante chipi-chipi, pasó junto a la ventana de la casa un viejo ebrio, quién resentido por la muerte de su esposa, y al ver la dicha de los enamorados, le vinieron oscuros deseos de matar.

La pareja platicaba abstraída en sus proyectos de matrimonio a través del enrejado. El muchacho, apoyado en los barrotes, no vio al agresor acercarse y sacar del cinto una navaja, con la que le produjo numerosas heridas mortales sobre la espalda. La prometida, horrorizada, solo pudo exclamar: “¡Cosme, que Jesús te ampare!”.

Desde entonces, el pueblo comenzó a llamar a ese lugar: “El Callejón de la muchacha de Jesús te ampare”; y más tarde, la frase se redujo a: Callejón de Jesús te ampare.

El Callejón del Diamante

Esta estrecha calle se localiza en el centro de la ciudad de Xalapa; sube desde la avenida Enríquez hasta la avenida Juárez, y su nombre actual es primera de Antonio María de Rivera. En la actualidad es un turístico callejón con restaurantes, cafeterías, artesanos (los famosos hippies) y tiendas muy concurridas. Se cuentan dos leyendas sobre esta hermosa calle.

Leyenda uno:

Se dice que hace muchos años había una joven hermosa que acostumbraba pasear por la callejuela hasta altas horas de la noche, llevando consigo un bellísimo y valioso diamante. En una de sus caminatas le fue robada la joya, y desde ese día la muchacha desapareció. Tiempo después, los vecinos oían transitar a alguien por allí, pero al asomarse no veían a nadie. Algunas personas que pasaban a lo lejos, llegaban a distinguir la silueta de la mujer del diamante, pero cuando se acercaban al callejón, ésta se desvanecía. Dicen que era el alma de aquella joven que confiaba en que algún día encontraría a los ladrones, y que por ello vagaba, como de costumbre, hasta muy avanzada la noche.

Leyenda dos:

Otra leyenda refiere que, en tiempos de la colonia, en una de las viejas casonas del lugar vivía una atractiva joven criolla de hermosura desconcertante casada con un caballero español rico y distinguido. Él quería mucho a su esposa y cuando habían sido novios le obsequió una sortija con un diamante negro que según era mágico, ya que tenía el don de intensificar el amor del marido y de descubrir la infidelidad de la mujer. La muchacha había jurado a su prometido, al recibir la joya, jamás separarse de ella. El esposo tuvo un socio al que quiso como a un hermano, invitándolo siempre a su casa, para que convivieran los tres como una familia. Pero entre la dama y el atribulado amigo nació un sentimiento amoroso, que aumentaba con las diarias visitas, y aprovechando las ausencias del desafortunado cónyuge, consumaron la pasión. Cierto día, ella aprovechó un viaje de su marido para ir a casa del amante y, por razones que se ignoran (quizá la superstición), ella se quitó el anillo y lo colocó en el buró, cerca de la cama. Tal vez el apresuramiento y la zozobra, cuando salió de ahí, la alhaja fue olvidada en aquel mueble. Cuando regresó el español, guiado por una fuerza extraña, lo primero que hizo fue visitar al amigo, a quién encontró en la alcoba durmiendo la siesta. Al entrar en la habitación lo primero que vio fue el diamante negro de su esposa en el anillo. Lo tomó, salió rápidamente de ahí y se dirigió abatido a su hogar. La esposa salió a recibirlo como si nada hubiera pasado; él, al besarle la mano, confirmó la ausencia del anillo y reafirmó sus sospechas. Enloquecido, desenvainó su puñal y lo clavó en el pecho de la mujer… arrojó sobre el cadáver de la esposa el anillo de diamante negro y desapareció para siempre. La gente que habitaba por ahí, en aquel entonces exclamaba: ¡Vamos a ver “el cadáver del diamante”! Después solo decían: ¡Vamos al Callejón del Diamante!, que la tradición ha mantenido a través de varios siglos hasta nuestros tiempos.

Iglesia de los corazones

Hace mucho tiempo, llegó a radicar a Xalapa un español que había emigrado a México en busca de mayor riqueza.

Vivía con una hija que estaba enamorada de un joven muy pobre. Un día, el muchacho fue a platicar con el padre de ella, para pedir su mano. El comerciante le dijo rotundamente que no, porque él era poca cosa. Así después del fracaso, el enamorado decidió irse de la ciudad en busca de fortuna y regresar lo más rápido por su prometida. Sin embargo, pasaron los meses sin que la chica tuviera noticias, y comenzó a enfermar de tristeza, hasta morir recordando las palabras del momento de la separación: - “Nuestros corazones eternamente estarán juntos”.

Al fallecer la hija, el padre, acosado por el arrepentimiento y la culpa, buscaba refugio y consuelo en las palabras de los sacerdotes. En cierta ocasión, uno de los párrocos le contó un sueño que tuvo: había visto que el señor iba tras una mariposa de bellos colores, que se detenía en un lugar donde el debería construir una capilla. También le dijo que después de esta buena acción encontraría paz, tan buscada desde hacía tiempo. Confortado el español salió de la sacristía cuando vio una mariposa que revoloteaba cerca de él. Teniendo presente el sueño, la persiguió hasta el sitio donde ella finalmente se asentó. Allí, construyó lo que hoy se conoce como Iglesia de los Corazones.

La lavandera nocturna

En los años cuarenta, Xalapa era aún una ciudad pequeña, con pintorescas casas de tejas y macetas en los balcones, rodeada por dispersos barrios. Era común que las mujeres lavaran en lugares públicos, donde además se entretenían con chismes y comentarios de la vida ajena. Acostumbraban también a dejar ropa tendida al sereno para blanquearla. Cierta vez, en los lavaderos de la avenida Ruíz Cortines, aconteció algo insólito: las prendas puestas a la intemperie desaparecían todas las noches. Las vecinas reclamaron enojadas los robos al velador, exigiéndole que cuidara sus pertenencias con mayor atención.

El policía, alertado, extremó la vigilancia para atrapar al responsable. Una noche, divisó a una mujer de blanco, con el cabello enmarañado sobre la espalda, cubriéndole a un costado de la cara, que restregaba furiosa una sábana, entre pilas de ropa. Desconcertó al guardián el frenesí con que enjabonaba y golpeaba la ropa. Se acercó extrañado hasta el lavadero para advertir a la señora que ésas no eran horas de estar trabajando. Le tocó el hombro y le dijo: -¿Por qué está levantada a las tres de la madrugada? Es muy tarde ya; vaya a su casa y acuéstese.

Ella no respondió nada y continuó con su obsesiva tarea. El guardia insistió:

-Señora ¿está sorda? Mañana termine de lavar.

Molesta por los regaños, la lavandera volteó, se acomodó el pelo hacia atrás y le mostró una tremebunda cara de caballo sudorosa y con ojos que lloraban. El hombre se quedó impávido y sintiendo como si el cuerpo entero se electrizara. Entre relinchos y gemidos, la espeluznante criatura exclamó:

-¿Y qué? ¿Está usted mudo?

Después se escabulló por los fregaderos y tomando una ladera como resbaladilla, enfiló para el arroyo. Cuando sólo se veía una mancha blanca flotante, un grito retumbó desde lo lejos:

¡Ay las ropas de mis hijos!

Al día siguiente, las vecinas le preguntaron al velador si había averiguado algo sobre el misterioso ladrón, porque algunas oyeron que estuvo hablando con alguien. Este respondió que sí, que una de las compañeras únicamente podía trabajar en las noches. Y no dio más detalles. Las señoras se enteraron que el guardia había solicitado el cambio de turno y sección. Todas fueron a pedirle que se quedara, explicándole que sinceramente lo apreciaban y se habían acostumbrado a su protección. El vigilante accedió con una condición: “Está bien, pero no dejen nunca más la ropa al sereno. Esa lavandera nocturna cree que ustedes no han podido con el trabajo y viene con la intención de ayudarlas”.

La llorona

Quizá la leyenda mexicana más popular. Habla de una mujer mestiza que tuvo 3 hijos con un importante caballero español fuera del matrimonio. Tras años de pedirle que formalizaran su relación, la mujer supo que el caballero se había unido con una dama española de clase alta.

Como venganza, la mujer mestiza llevó a sus hijos al río para ahogarlos; después ella tomó su propia vida debido a la culpa. Su alma vagaría en pena por las calles de la ciudad durante toda la eternidad, gritando arrepentida por haber matado a sus hijos.

La calle de la quemada

Durante la época de la colonia una familia española llegó a Nueva España. La hija del matrimonio, una joven de 20 años, inmediatamente atrajo a todos los hombres adinerados, quienes querían desposarla. Pero fue un marqués italiano quien se decidió a conquistarla.

Todos los días posó bajo su balcón, retando a un duelo a cualquier hombre que la quisiera. Cada mañana aparecían los cuerpos sin vida de transeúntes inocentes que se atrevían a pasar por su ventana. Acongojada por ocasionar estas muertes, la joven decidió desfigurarse la cara.

Acercó el rostro al carbón encendido, borrando así todo rastro de su belleza. Sin embargo, el marqués continuó con su propuesta, pues aseguró que la amaba por su interior.

Conmovida, la joven aceptó ser su esposa. Pasó el resto de su vida escondiendo su cara con un velo negro; la calle de su balcón fue renombrada en su honor.

La isla de las muñecas

En el turístico canal de Xochimilco, en la ciudad de México, se encuentra un paraje totalmente cubierto por miles de muñecas. El dueño del área, Don Julián, las colocó en toda la isla para ahuyentar el espíritu de una niña, quien murió ahogada entre los lirios y le acechaba por las noches.

Con el tiempo el lugar atrajo a un gran número de visitantes, quienes llevaban a Don Julián más muñecas para su protección. Al envejecer, Don Julián contaba que una sirena del río lo visitaba desde hace tiempo para llevárselo. Cuando el hombre murió de un paro cardíaco, su cuerpo fue encontrado junto al agua

La planchada

Hace tiempo, en el hospital Juárez de la Ciudad de México trabajaba Eulalia, una amable y paciente enfermera. Todos la reconocían por su buena actitud, sus cuidados y su ropa impecable y siempre bien planchada.

En el hospital se enamoró de un doctor, con quien prometió casarse; sin embargo, él nunca le dijo que ya estaba comprometido. Tras la decepción, Eulalia enfermó, descuidó a sus pacientes y finalmente murió.

Miles de dolientes de la ciudad han asegurado haber sido atendidos por la enfermera, quien ahora vaga por el hospital como alma en pena, cuidando de los pacientes que la necesiten.

El charro negro

La leyenda del charro negro cuenta que, en las noches, junto a los caminos en los pueblos, suele aparecerse un hombre vestido de charro montado sobre un bello caballo negro. Si se es amable con él y se le permite que te acompañe a tu casa, te dejará en paz y continuará su camino.

Sin embargo, en una ocasión Adela, una joven despreocupada, se lo encontró mientras vagaba. Para aligerar el paso, le pidió al hombre que la subiera al caballo. Cuando se montó, el caballo aumentó su tamaño y se prendió en llamas; el charro desveló su identidad: se trataba del diablo.

Al escuchar los gritos de la joven, los vecinos salieron, pero no pudieron hacer nada y la vieron quemarse ante sus ojos. Ella ahora era propiedad del diablo, quien se la llevó mientras ardía.

La leyenda de los volcanes

En épocas del poderoso Imperio azteca, sus pueblos vecinos eran sometidos a pagar tributo. Los tlaxcaltecas, grandes enemigos de los aztecas, estaban hartos de esta situación y decidieron alzarse en armas.

Popocatépetl, uno de los grandes guerreros tlaxcaltecas, decidió pedir la mano de su amada Iztaccíhuatl, la bella hija de un gran cacique. El padre aceptó, y si él volvía victorioso de la batalla se llevaría a cabo la boda.

Durante la ausencia de Popocatépetl, un hombre celoso anunció falsamente a la dama que su amado había fallecido; tras unos días, Iztaccíhuatl murió de tristeza. Cuando el guerrero volvió victorioso fue recibido con la trágica noticia.

Para honrar su memoria, unió 10 cerros y acostó a su amada en la cima; él llevaría consigo una antorcha y la resguardaría eternamente. Esta leyenda cuenta el origen de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl –la mujer dormida–, que permanecieron juntos para siempre.

El callejón del beso

En la ciudad de Guanajuato vivía la noble doña Carmen, quien se enamoró del joven Luis. El padre de Carmen, un hombre violento, no estaba de acuerdo con este amor y le advirtió a su hija que se la llevaría a España para casarla con un hombre rico. La dama de compañía de la señora alertó a Luis de lo sucedido.

Don Luis, desesperado, compró la casa frente a la de Carmen. Un estrecho y sombrío callejón unía las ventanas de ambas casas; por ahí, los amantes se juntarían para idear un escape, pero el padre de Carmen los descubrió y clavó una daga en el pecho de su hija. Mientras la joven moría, Luis solo alcanzó a besar su mano desde la ventana.

La leyenda dice que desde entonces se puede ver al fantasma de doña Carmen vagando por el callejón.

La mulata de Córdoba

Durante la época de la Inquisición, en el estado de Veracruz vivió una bella joven mulata. Debido a que las demás mujeres la celaban por su belleza, fue acusada de brujería, pero las autoridades cristianas no encontraron pruebas en su contra.

 

Poco después, el alcalde de Córdoba se enamoró de ella, pero nunca fue correspondido. Enfurecido, acusó a la mujer de hacer un pacto con el diablo para enamorarlo; debido a sus acusaciones previas, esta vez fue encontrada culpable y sentenciada a la hoguera.

 

La noche antes de su ejecución, encerrada en un calabozo, pidió al guardia un trozo de carbón; con este dibujó una gran barca. Impresionado, el guardia le dijo que lucía tan real que solo le faltaba andar; acto seguido, la mulata subió al navío y desapareció. Desde entonces no se sabe nada de la joven mulata.

Fuente:

https://www.lifeder.com/leyendas-mexicanas/

https://www.xalapaveracruz.mx/category/leyendas/