Antes de que ocurriera el fundamental suceso histórico para nuestra
patria, la Calle Revolución era conocida como la de La Amargura. El nombre se
debe a un relato acerca de que allí vivía una enamorada joven, cuyo novio
correspondía a sus amorosos sentimientos. Los parientes de los antiguos vecinos
recuerdan hoy que, en sus encuentros, la pareja permanecía siempre tomada de la
mano, mirándose a los ojos y prometiéndose eterna compañía.
Por las mañanas, el muchacho acostumbraba a saludar a su prometida
primero y después se iba al trabajo.
Mientras tanto, ella se quedaba en su casa, ayudando a la madre en
quehaceres domésticos y preparándose para el matrimonio. En la tarde, él
regresaba a visitarla; así, pasaron el noviazgo felices y tranquilos durante
muchos meses.
Una mañana, el joven llegó muy angustiado a la casa de su novia y le
comunicó que tenía que incorporarse a las filas de la Revolución, jurándole
volver lo más pronto para casarse. Pero el enamorado nunca retornó. El tiempo
pasó y la muchacha perdió la esperanza de verlo otra vez.
Fue inútil el esfuerzo que realizó su familia para sacarla de la profunda
tristeza en la que se hallaba. Ella comenzó a hacer cosas extrañas; entre sus
rarezas, recorría la calle entera con un ramo de jazmines en la mano,
preguntando llorosa a las personas, que encontraba, por su prometido, nadie le
contestaba; sin embargo, la novia continuó hasta la muerte interrogando sobre
el paradero de quien llamaba su “futuro esposo”.
Xalapa se habituó a la figura acongojada de esta mujer, quien envejeció
prematuramente en la calle de la Amargura.
El Callejón de Jesús te ampare
Este callejón en la actualidad se llama Cuauhtémoc, pero su antiguo
nombre proviene de una leyenda de la época colonial, cuando Xalapa era Villa:
Había llegado una familia de España con una joven de 17 años. Se trataba
de una bella muchacha, que se puso de novia con un estudiante xalapeño. El
prometido, un año mayor que ella, tenía permiso de los padres para visitarla
formalmente. Cada noche, Cosme de Taboada iba a verla, y a platicarle a través
de las rejas del balcón, y hasta ya muy tarde, la amorosa conversación de la
pareja se prolongaba.
Un día nublado y de incesante chipi-chipi, pasó junto a la ventana de la
casa un viejo ebrio, quién resentido por la muerte de su esposa, y al ver la
dicha de los enamorados, le vinieron oscuros deseos de matar.
La pareja platicaba abstraída en sus proyectos de matrimonio a través del
enrejado. El muchacho, apoyado en los barrotes, no vio al agresor acercarse y
sacar del cinto una navaja, con la que le produjo numerosas heridas mortales
sobre la espalda. La prometida, horrorizada, solo pudo exclamar: “¡Cosme, que
Jesús te ampare!”.
Desde entonces, el pueblo comenzó a llamar a ese lugar: “El Callejón de
la muchacha de Jesús te ampare”; y más tarde, la frase se redujo a: Callejón de
Jesús te ampare.
El Callejón del Diamante
Esta estrecha calle se localiza en el centro de la ciudad de Xalapa; sube
desde la avenida Enríquez hasta la avenida Juárez, y su nombre actual es
primera de Antonio María de Rivera. En la actualidad es un turístico callejón
con restaurantes, cafeterías, artesanos (los famosos hippies) y tiendas muy
concurridas. Se cuentan dos leyendas sobre esta hermosa calle.
Leyenda uno:
Se dice que hace muchos años había una joven hermosa que acostumbraba
pasear por la callejuela hasta altas horas de la noche, llevando consigo un
bellísimo y valioso diamante. En una de sus caminatas le fue robada la joya, y
desde ese día la muchacha desapareció. Tiempo después, los vecinos oían
transitar a alguien por allí, pero al asomarse no veían a nadie. Algunas
personas que pasaban a lo lejos, llegaban a distinguir la silueta de la mujer
del diamante, pero cuando se acercaban al callejón, ésta se desvanecía. Dicen
que era el alma de aquella joven que confiaba en que algún día encontraría a
los ladrones, y que por ello vagaba, como de costumbre, hasta muy avanzada la
noche.
Leyenda dos:
Otra leyenda refiere que, en tiempos de la colonia, en una de las viejas
casonas del lugar vivía una atractiva joven criolla de hermosura desconcertante
casada con un caballero español rico y distinguido. Él quería mucho a su esposa
y cuando habían sido novios le obsequió una sortija con un diamante negro que
según era mágico, ya que tenía el don de intensificar el amor del marido y de
descubrir la infidelidad de la mujer. La muchacha había jurado a su prometido,
al recibir la joya, jamás separarse de ella. El esposo tuvo un socio al que
quiso como a un hermano, invitándolo siempre a su casa, para que convivieran
los tres como una familia. Pero entre la dama y el atribulado amigo nació un
sentimiento amoroso, que aumentaba con las diarias visitas, y aprovechando las
ausencias del desafortunado cónyuge, consumaron la pasión. Cierto día, ella
aprovechó un viaje de su marido para ir a casa del amante y, por razones que se
ignoran (quizá la superstición), ella se quitó el anillo y lo colocó en el
buró, cerca de la cama. Tal vez el apresuramiento y la zozobra, cuando salió de
ahí, la alhaja fue olvidada en aquel mueble. Cuando regresó el español, guiado
por una fuerza extraña, lo primero que hizo fue visitar al amigo, a quién
encontró en la alcoba durmiendo la siesta. Al entrar en la habitación lo
primero que vio fue el diamante negro de su esposa en el anillo. Lo tomó, salió
rápidamente de ahí y se dirigió abatido a su hogar. La esposa salió a recibirlo
como si nada hubiera pasado; él, al besarle la mano, confirmó la ausencia del
anillo y reafirmó sus sospechas. Enloquecido, desenvainó su puñal y lo clavó en
el pecho de la mujer… arrojó sobre el cadáver de la esposa el anillo de
diamante negro y desapareció para siempre. La gente que habitaba por ahí, en
aquel entonces exclamaba: ¡Vamos a ver “el cadáver del diamante”! Después solo decían:
¡Vamos al Callejón del Diamante!, que la tradición ha mantenido a través de
varios siglos hasta nuestros tiempos.
Iglesia de los corazones
Hace mucho tiempo, llegó a radicar a Xalapa un español que había emigrado
a México en busca de mayor riqueza.
Vivía con una hija que estaba enamorada de un joven muy pobre. Un día, el
muchacho fue a platicar con el padre de ella, para pedir su mano. El
comerciante le dijo rotundamente que no, porque él era poca cosa. Así después
del fracaso, el enamorado decidió irse de la ciudad en busca de fortuna y
regresar lo más rápido por su prometida. Sin embargo, pasaron los meses sin que
la chica tuviera noticias, y comenzó a enfermar de tristeza, hasta morir
recordando las palabras del momento de la separación: - “Nuestros corazones
eternamente estarán juntos”.
Al fallecer la hija, el padre, acosado por el arrepentimiento y la culpa,
buscaba refugio y consuelo en las palabras de los sacerdotes. En cierta
ocasión, uno de los párrocos le contó un sueño que tuvo: había visto que el
señor iba tras una mariposa de bellos colores, que se detenía en un lugar donde
el debería construir una capilla. También le dijo que después de esta buena
acción encontraría paz, tan buscada desde hacía tiempo. Confortado el español
salió de la sacristía cuando vio una mariposa que revoloteaba cerca de él.
Teniendo presente el sueño, la persiguió hasta el sitio donde ella finalmente
se asentó. Allí, construyó lo que hoy se conoce como Iglesia de los Corazones.
La lavandera nocturna
En los años cuarenta, Xalapa era aún una ciudad pequeña, con pintorescas
casas de tejas y macetas en los balcones, rodeada por dispersos barrios. Era
común que las mujeres lavaran en lugares públicos, donde además se entretenían
con chismes y comentarios de la vida ajena. Acostumbraban también a dejar ropa
tendida al sereno para blanquearla. Cierta vez, en los lavaderos de la avenida
Ruíz Cortines, aconteció algo insólito: las prendas puestas a la intemperie
desaparecían todas las noches. Las vecinas reclamaron enojadas los robos al
velador, exigiéndole que cuidara sus pertenencias con mayor atención.
El policía, alertado, extremó la vigilancia para atrapar al responsable.
Una noche, divisó a una mujer de blanco, con el cabello enmarañado sobre la
espalda, cubriéndole a un costado de la cara, que restregaba furiosa una
sábana, entre pilas de ropa. Desconcertó al guardián el frenesí con que
enjabonaba y golpeaba la ropa. Se acercó extrañado hasta el lavadero para
advertir a la señora que ésas no eran horas de estar trabajando. Le tocó el
hombro y le dijo: -¿Por qué está levantada a las tres de la madrugada? Es muy
tarde ya; vaya a su casa y acuéstese.
Ella no respondió nada y continuó con su obsesiva tarea. El guardia
insistió:
-Señora ¿está sorda? Mañana termine de lavar.
Molesta por los regaños, la lavandera volteó, se acomodó el pelo hacia
atrás y le mostró una tremebunda cara de caballo sudorosa y con ojos que
lloraban. El hombre se quedó impávido y sintiendo como si el cuerpo entero se
electrizara. Entre relinchos y gemidos, la espeluznante criatura exclamó:
-¿Y qué? ¿Está usted mudo?
Después se escabulló por los fregaderos y tomando una ladera como
resbaladilla, enfiló para el arroyo. Cuando sólo se veía una mancha blanca
flotante, un grito retumbó desde lo lejos:
¡Ay las ropas de mis hijos!
Al día siguiente, las vecinas le preguntaron al velador si había
averiguado algo sobre el misterioso ladrón, porque algunas oyeron que estuvo
hablando con alguien. Este respondió que sí, que una de las compañeras
únicamente podía trabajar en las noches. Y no dio más detalles. Las señoras se
enteraron que el guardia había solicitado el cambio de turno y sección. Todas
fueron a pedirle que se quedara, explicándole que sinceramente lo apreciaban y
se habían acostumbrado a su protección. El vigilante accedió con una condición:
“Está bien, pero no dejen nunca más la ropa al sereno. Esa lavandera nocturna
cree que ustedes no han podido con el trabajo y viene con la intención de
ayudarlas”.
La llorona
Quizá la leyenda mexicana más
popular. Habla de una mujer mestiza que tuvo 3 hijos con un importante
caballero español fuera del matrimonio. Tras años de pedirle que formalizaran
su relación, la mujer supo que el caballero se había unido con una dama
española de clase alta.
Como venganza, la mujer mestiza
llevó a sus hijos al río para ahogarlos; después ella tomó su propia vida
debido a la culpa. Su alma vagaría en pena por las calles de la ciudad durante
toda la eternidad, gritando arrepentida por haber matado a sus hijos.
La calle de la quemada
Durante la época de la colonia
una familia española llegó a Nueva España. La hija del matrimonio, una joven de
20 años, inmediatamente atrajo a todos los hombres adinerados, quienes querían
desposarla. Pero fue un marqués italiano quien se decidió a conquistarla.
Todos los días posó bajo su
balcón, retando a un duelo a cualquier hombre que la quisiera. Cada mañana
aparecían los cuerpos sin vida de transeúntes inocentes que se atrevían a pasar
por su ventana. Acongojada por ocasionar estas muertes, la joven decidió
desfigurarse la cara.
Acercó el rostro al carbón
encendido, borrando así todo rastro de su belleza. Sin embargo, el marqués
continuó con su propuesta, pues aseguró que la amaba por su interior.
Conmovida, la joven aceptó ser su
esposa. Pasó el resto de su vida escondiendo su cara con un velo negro; la
calle de su balcón fue renombrada en su honor.
La isla de las muñecas
En el turístico canal de
Xochimilco, en la ciudad de México, se encuentra un paraje totalmente cubierto
por miles de muñecas. El dueño del área, Don Julián, las colocó en toda la isla
para ahuyentar el espíritu de una niña, quien murió ahogada entre los lirios y
le acechaba por las noches.
Con el tiempo el lugar atrajo a
un gran número de visitantes, quienes llevaban a Don Julián más muñecas para su
protección. Al envejecer, Don Julián contaba que una sirena del río lo visitaba
desde hace tiempo para llevárselo. Cuando el hombre murió de un paro cardíaco,
su cuerpo fue encontrado junto al agua
La planchada
Hace tiempo, en el hospital
Juárez de la Ciudad de México trabajaba Eulalia, una amable y paciente
enfermera. Todos la reconocían por su buena actitud, sus cuidados y su ropa
impecable y siempre bien planchada.
En el hospital se enamoró de un
doctor, con quien prometió casarse; sin embargo, él nunca le dijo que ya estaba
comprometido. Tras la decepción, Eulalia enfermó, descuidó a sus pacientes y
finalmente murió.
Miles de dolientes de la ciudad
han asegurado haber sido atendidos por la enfermera, quien ahora vaga por el
hospital como alma en pena, cuidando de los pacientes que la necesiten.
El charro negro
La leyenda del charro negro
cuenta que, en las noches, junto a los caminos en los pueblos, suele aparecerse
un hombre vestido de charro montado sobre un bello caballo negro. Si se es
amable con él y se le permite que te acompañe a tu casa, te dejará en paz y
continuará su camino.
Sin embargo, en una ocasión
Adela, una joven despreocupada, se lo encontró mientras vagaba. Para aligerar
el paso, le pidió al hombre que la subiera al caballo. Cuando se montó, el
caballo aumentó su tamaño y se prendió en llamas; el charro desveló su
identidad: se trataba del diablo.
Al escuchar los gritos de la
joven, los vecinos salieron, pero no pudieron hacer nada y la vieron quemarse
ante sus ojos. Ella ahora era propiedad del diablo, quien se la llevó mientras
ardía.
La leyenda de los volcanes
En épocas del poderoso Imperio azteca, sus pueblos vecinos eran
sometidos a pagar tributo. Los tlaxcaltecas, grandes enemigos de los aztecas,
estaban hartos de esta situación y decidieron alzarse en armas.
Popocatépetl, uno de los grandes
guerreros tlaxcaltecas, decidió pedir la mano de su amada Iztaccíhuatl, la
bella hija de un gran cacique. El padre aceptó, y si él volvía victorioso de la
batalla se llevaría a cabo la boda.
Durante la ausencia de
Popocatépetl, un hombre celoso anunció falsamente a la dama que su amado había
fallecido; tras unos días, Iztaccíhuatl murió de tristeza. Cuando el guerrero
volvió victorioso fue recibido con la trágica noticia.
Para honrar su memoria,
unió 10 cerros y acostó a su amada en la cima; él llevaría consigo una antorcha
y la resguardaría eternamente. Esta leyenda cuenta el origen de los volcanes
Popocatépetl e Iztaccíhuatl –la mujer dormida–, que permanecieron juntos para
siempre.
El callejón del beso
En la ciudad de Guanajuato vivía
la noble doña Carmen, quien se enamoró del joven Luis. El padre de Carmen, un
hombre violento, no estaba de acuerdo con este amor y le advirtió a su hija que
se la llevaría a España para casarla con un hombre rico. La dama de compañía de
la señora alertó a Luis de lo sucedido.
Don Luis, desesperado, compró la
casa frente a la de Carmen. Un estrecho y sombrío callejón unía las ventanas de
ambas casas; por ahí, los amantes se juntarían para idear un escape, pero el
padre de Carmen los descubrió y clavó una daga en el pecho de su hija. Mientras
la joven moría, Luis solo alcanzó a besar su mano desde la ventana.
La leyenda dice que desde
entonces se puede ver al fantasma de doña Carmen vagando por el callejón.
La mulata de Córdoba
Durante la época de la
Inquisición, en el estado de Veracruz vivió una bella joven mulata. Debido a
que las demás mujeres la celaban por su belleza, fue acusada de brujería, pero
las autoridades cristianas no encontraron pruebas en su contra.
Poco después, el alcalde de
Córdoba se enamoró de ella, pero nunca fue correspondido. Enfurecido, acusó a
la mujer de hacer un pacto con el diablo para enamorarlo; debido a sus
acusaciones previas, esta vez fue encontrada culpable y sentenciada a la
hoguera.
La noche antes de su ejecución,
encerrada en un calabozo, pidió al guardia un trozo de carbón; con este dibujó
una gran barca. Impresionado, el guardia le dijo que lucía tan real que solo le
faltaba andar; acto seguido, la mulata subió al navío y desapareció. Desde
entonces no se sabe nada de la joven mulata.
Fuente:
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