LA ROSA
Juan Eduardo Zúñiga
Ante el estudiante,
un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo
rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y
también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un
velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el
borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez
distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada.
Cada día el
estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la
mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló
de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: solo esperaría
aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta.
Y al fin vio lo que
anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un
instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche,
andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su
caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar
un puente.
Anduvo mucho tiempo
y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la
conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos
sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche,
pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o
veranos.
Tras un largo
trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él
se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón.
Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie.
Únicamente vio sobre
el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano
sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.